Por Adolfo Pérez Esquivel *
(Publicado hoy en Página 12)
Cada persona guarda en su memoria hechos, acontecimientos, que marcan su vida y que no son aislados en la vida del pueblo y la situación del país y en la comunidad de pertenencia de cada uno.
Había estado en Ecuador participando en el encuentro de obispos latinoamericanos que se realizó en la Casa de Santa Cruz, en Riobamba, en la diócesis del obispo Leónidas Proaño y donde supimos del asesinato de monseñor Angelelli en la Argentina. Era uno de los obispos invitados que no pudo llegar al encuentro. Estuvo el arzobispo de Santa Fe, monseñor Vicente Zaspe.
La represión militar ecuatoriana invadió la casa de retiro y reprimió a los 17 obispos, religiosos y laicos, que fuimos detenidos y llevados al cuartel militar en Quito, a unos 300 kilómetros. Fue un operativo continental del Plan Cóndor, impuesto a través de la Doctrina de Seguridad Nacional, promovido bajo la dirección de Estados Unidos en los regímenes dictatoriales imperantes.
Al regresar a la Argentina después de mi liberación en el Ecuador, fui detenido en el Departamento Central de la Policía Federal el día 4 de abril, aniversario del asesinato de Martin Luther King y el primer día de la Semana Santa. Fueron momentos de fuerte tensión y de resistencia espiritual... Fui llevado a la Superintendencia de Seguridad Federal, un centro de torturas, y encerrado en un tubo, calabozo pequeño y maloliente con restos dejados por otros prisioneros; por ese lugar pasaron los Graiver, el director del Buenos Aires Herald, Robert Cox, entre otros. Lugar donde pasaban prisioneras que trasladaban a otras prisiones, con la promesa de que las liberarían. Cuando salían a la calle y con el estado de sitio, volvían a secuestrarlas.
El día 5 de mayo del año 1977, a la madrugada, la guardia abre el tubo y me sacan, llevándome a una oficina donde me informan que sería trasladado. No dan otra información. Hay un oficial que es el encargado de entregarme, dos oficiales y dos suboficiales, quienes me ponen las esposas y trasladan a un carro celular y soy encerrado en un compartimiento donde únicamente podía estar de pie.
Aproximadamente luego de hora y media de recorrido, se detiene y veo que es el aeródromo de San Justo. Había un letrero que lo identificaba; está cerca de un hangar de donde sale carreteando un pequeño avión. Me suben encadenándome al asiento trasero. Están el piloto, el copiloto, los oficiales y suboficiales que me buscaron en la Superintendencia de Seguridad Federal, armados con ametralladoras, y el avión tomó pista y se elevó dirigiendo su rumbo hacia el Río de la Plata.
Pregunté dónde me llevaban, pero el silencio era absoluto. Conozco perfectamente la zona sobre la que volábamos por haber navegado durante varios años la región. Pude ver los ríos Paraná de las Palmas, el Paraná Miní y el Paraná Guazú, la Barra de San Juan, Colonia y las luces de Montevideo. Era inexplicable ese recorrido y el tiempo transcurrido en el aire dando vueltas sin destino alguno.
Los guardias hablaban entre sí en voz baja. Uno de ellos se acercó para ver cómo estaban las cadenas que me ataban al asiento y sujetaba el candado. Lo sentía muy nervioso y alterado, pero silencioso, no se atrevía a mirarme. Algo estaba por suceder; yo no lo sabía, aunque presentía lo que podía ser. Los militares esperaban una orden y saber qué hacer conmigo. El piloto llama al oficial y hablan en voz baja. Siento que le dice “estamos esperando la orden”.
Muchos recuerdos se agolpaban en mi mente y corazón, sin embargo estaba sereno y mi fuerza nacía de la oración, de la fe y el compromiso asumido junto a los pueblos de América latina y la Argentina, de la pertenencia, valores y lucha por la vida frente a la dictaduras militares. Recordaba a los seres queridos, a mi esposa e hijos y que el día 7 de mayo es el cumpleaños de Ernesto, y el dolor de no poder estar junto a la familia para celebrar y compartir. La incertidumbre de no saber si estaría vivo.
Tenía información de prisioneros que la dictadura militar ordenó arrojar desde los aviones al Río de la Plata y al mar. En Ginebra, en la Asociación Internacional de Juristas, pude ver algunos microfilms de cuerpos de prisioneros que la corriente del río había arrastrado a la costa uruguaya.
El avión continuaba dando vueltas hacia la costa y el río. Hacía mucho frío y el tiempo inmenso transcurría en una espera incierta, cargada de tensiones y olor a muerte de un vuelo hacia ningún lado.
La madrugada y sol comenzaban a despertar de una noche llena de presagios e incertidumbres. Permanecía encadenado en el avión, sin capacidad de cualquier movimiento, sin respuesta a mis preguntas; sólo miradas furtivas y el susurro de sus conversaciones y las armas sobre sus rodillas. Me preguntaba si había llegado al límite de la vida; si todo eso era el fin, sólo trataba de aspirar el aire como si fuera la última bocanada de vida.
Recordaba a los compañeros y compañeras del Serpaj, a mi hijo mayor, Leonardo, en su resistencia y trabajo en defensa del derecho de los pueblos; era muy joven, con mucho entusiasmo y compromiso acompañando a organizaciones emergentes del drama que vivía el pueblo. Recordaba a quienes dieron su vida para dar vida, desde su lugar resistían con dignidad, como ese grupo de mujeres con las que compartimos el dolor, la resistencia, la esperanza y la fuerza de la oración ecuménica, superando barreras culturales, ideológicas y políticas, unidas para saber a dónde llevaron a sus hijos e hijas. Fuimos aprendiendo a tejer redes solidarias. El tiempo sin tiempo, sin dimensión, continuaba el vuelo de la muerte, hasta que el piloto dice en voz alta: “Tengo la orden de ir a la Base Aérea de Morón, con el prisionero”. Así el avión recorre la costa y se dirige a la base del Palomar. Un edificio pintado de amarillo ya un poco desgastado por el tiempo. El avión aterriza en la pista y estaciona cerca del edificio. Quedo con la guardia armada. El piloto, junto con los oficiales, se dirigen al edificio. No sé el tiempo transcurrido, tal vez más de dos horas. Creo que ahí se decidió qué hacer conmigo. La presión internacional era intensa, de las iglesias, gobiernos, organizaciones sociales y culturales, de organismos internacionales.
Cuando regresan el piloto y los oficiales dicen: “Póngase contento, lo llevamos a la U9, la Unidad Nueve”. Creo que hasta me puse contento de que me llevaran a la cárcel. Lo otro era la muerte.
El día 5 de mayo del año 1977 di gracias a Dios y a la vida poder continuar la lucha y la resistencia en la esperanza. Sé que esa lucha y resistencia no finalizó, que hay que continuar a pesar de tantas claudicaciones, entrega del patrimonio del pueblo a la voracidad de empresas transnacionales y traiciones de quienes vendieron el país. Hay que recuperar valores, identidad, sentido de vida y dignidad de nuestro pueblo. Que la lucha, esperanzas de aquellos que dieron su vida para dar vida no haya sido inútil.
A 32 años hay que continuar construyendo en la esperanza. A pesar de todo.
* Presidente del Serpaj, Premio Nobel de la Paz.
martes 5 de mayo de 2009
miércoles 15 de abril de 2009
martes 14 de abril de 2009
Triste café rancio
Pensaba en ella como si fuera un espejo. Quería verme allí mientras intentaba mi vida solitaria entre caminatas y café rancio.
Casi que me gustaba.
En el bondi, camino al trabajo -despreciable-, apoyaba la frente en el vidrio. Aprovechaba esa hora de viaje para mirar sin mirar las calles desoladas en la madrugada. Me gustaba ver el viento remolinando los papeles en las esquinas. Las calles vacías, los vagabundos y algún que otro noctámbulo triste y borracho. Las manchas de luz separadas por la oscuridad cerrada de noche sin luna.
Así era una vida en mayo.
Buenos Aires.
Almagro, de madrugada.
Sin embargo, yo no era tan feliz y pensaba tanto en ella. Tiempo atrás había vivido una época de sonrisa, pero fue tan sincero como fugaz. Me quedó su espejo. Sólo un espejo.
Un día, parecido a muchos, escribí que el mundo era un verbo siempre activado. Me sentí bien. Me dije que la vida continua, que el espejo es y no es. Me muestra cómo soy, pero es sólo una ilusión: esa imagen en realidad no existe. Ella y su espejo no existen.
Empecé a salir convencido de lo que pensaba. Todo debía quedar atrás, formar parte de un pasado lejano y tal vez eterno en su eternidad de recuerdo. Pero no podía seguir atiborrado en esos malabares inútiles. Tengo que vivir, dije.
Me gustaba sentirme vivo.
Era algo difícil, una lucha continua contra el olvido constante.
Hacemos y olvidamos, inevitablemente.
Casi ni recordamos qué es lo que hacemos durante el día, qué pensamos y qué sentimos.
Lamentable, pero cierto.
Un día me sentí vivo. Y estaba tan contento. Me encontré con ella, fue en una esquina. Estaba en el bondi, con la cabeza contra el vidrio. Y la vi mientras caminaba quizá pensando en algo estupendo, quizá no. Me bajé, corrí y corrí entre los papeles que remolinaba el viento. Pero no la encontré. No estaba.
Volví a mi vida, triste café rancio.
Y ella no.
Sólo eternidad en mi recuerdo.
Casi que me gustaba.
En el bondi, camino al trabajo -despreciable-, apoyaba la frente en el vidrio. Aprovechaba esa hora de viaje para mirar sin mirar las calles desoladas en la madrugada. Me gustaba ver el viento remolinando los papeles en las esquinas. Las calles vacías, los vagabundos y algún que otro noctámbulo triste y borracho. Las manchas de luz separadas por la oscuridad cerrada de noche sin luna.
Así era una vida en mayo.
Buenos Aires.
Almagro, de madrugada.
Sin embargo, yo no era tan feliz y pensaba tanto en ella. Tiempo atrás había vivido una época de sonrisa, pero fue tan sincero como fugaz. Me quedó su espejo. Sólo un espejo.
Un día, parecido a muchos, escribí que el mundo era un verbo siempre activado. Me sentí bien. Me dije que la vida continua, que el espejo es y no es. Me muestra cómo soy, pero es sólo una ilusión: esa imagen en realidad no existe. Ella y su espejo no existen.
Empecé a salir convencido de lo que pensaba. Todo debía quedar atrás, formar parte de un pasado lejano y tal vez eterno en su eternidad de recuerdo. Pero no podía seguir atiborrado en esos malabares inútiles. Tengo que vivir, dije.
Me gustaba sentirme vivo.
Era algo difícil, una lucha continua contra el olvido constante.
Hacemos y olvidamos, inevitablemente.
Casi ni recordamos qué es lo que hacemos durante el día, qué pensamos y qué sentimos.
Lamentable, pero cierto.
Un día me sentí vivo. Y estaba tan contento. Me encontré con ella, fue en una esquina. Estaba en el bondi, con la cabeza contra el vidrio. Y la vi mientras caminaba quizá pensando en algo estupendo, quizá no. Me bajé, corrí y corrí entre los papeles que remolinaba el viento. Pero no la encontré. No estaba.
Volví a mi vida, triste café rancio.
Y ella no.
Sólo eternidad en mi recuerdo.
lunes 23 de marzo de 2009
Lejos de ser una Nación
¿Cuál es el fundamento de toda Nación? ¿Qué es lo que nos une, lo que nos hace patria? Yo me pregunto.
Una Nación se compone de una historia, un presente y un futuro en común. Historia, tenemos; presente, siempre; ¿futuro en común? Mmm.
Necesitamos más que nunca sentarnos y sincerarnos, mirarnos las caripelas y sacar todos los trapitos al sol. No dudar del pasado y condenar lo que haya que condenar. Rápido, letal. Pero no hay que abandonar la mesa después de eso. Hay que quedarse y definirnos. Una vez definidos, proyectar hacia adelante un futuro progresista, justo y para todos. Para que eso sea posible, tenemos que elegir si queremos -énfasis en el término: queremos- tirar para el mismo lado.
Pero lamentablemente, se ve que no todos queremos el mismo país.
Y así van a seguir garroneando lo que sobra de esta pobre Nación que algún día pensó que podía ser grande.
Digo lamentablemente, porque los que garronean son personajes nefastos, aves de rapiña apátridas.
Sabemos que transformar es más difícil que maquillar. Pero transformar es tan difícil -si no prueben con ustedes mismos-.
El status quo es lo que hoy gobierna. Con algún lindo maquillaje. Pero no termina de profundizar lo que debería ser más profundo. Será que algunos amigotes poderosos no dejan vía libre; será que existe un sector avaro que retiene progresiones fiscales sinceras; será que todavía en la Argentina existe una derecha subterránea que presiona desde el núcleo mismo de los acontecimientos.
No hay nada de enigmático. Hoy las caras están más visibles que hace un tiempo, cuando reinaba la confusión ideológico. Los caminos se abren y la díada izquierda-derecha está más transparente que nunca.
Podríamos definir el escenario político de esta manera:
-Una derecha carnívora que va por todo.
-Una izquierda diluída y mezclada en un vado discursivo que le es funcional a la derecha.
-Otra izquierda fragmentada, lejana y un poco retrógrada.
-Un sector que se resguarda dentro de la no ideología. Lo cual es más ideológico que todo lo demás.
¿Cómo hacemos para conciliar todas estas posiciones? Difícil. Quizá sea imposible. Pero hay algo que es cierto: hasta que la dirigencia política no se siente a proyectar un país en serio, a sacar lo mejor y lo peor, a pulir discursos y sentar bases programáticas, nada de todo lo bueno que se haga por un gobierno sectorial va a ser mantenido por el sucesor.
Es la costumbre: el gobierno que asume borra de un tirón todo lo hecho anteriormente.
De esta manera, caminamos de noche sobre piedras de fuego. Y el proyecto de Nación se aleja mientras caminamos.
Una Nación se compone de una historia, un presente y un futuro en común. Historia, tenemos; presente, siempre; ¿futuro en común? Mmm.
Necesitamos más que nunca sentarnos y sincerarnos, mirarnos las caripelas y sacar todos los trapitos al sol. No dudar del pasado y condenar lo que haya que condenar. Rápido, letal. Pero no hay que abandonar la mesa después de eso. Hay que quedarse y definirnos. Una vez definidos, proyectar hacia adelante un futuro progresista, justo y para todos. Para que eso sea posible, tenemos que elegir si queremos -énfasis en el término: queremos- tirar para el mismo lado.
Pero lamentablemente, se ve que no todos queremos el mismo país.
Y así van a seguir garroneando lo que sobra de esta pobre Nación que algún día pensó que podía ser grande.
Digo lamentablemente, porque los que garronean son personajes nefastos, aves de rapiña apátridas.
Sabemos que transformar es más difícil que maquillar. Pero transformar es tan difícil -si no prueben con ustedes mismos-.
El status quo es lo que hoy gobierna. Con algún lindo maquillaje. Pero no termina de profundizar lo que debería ser más profundo. Será que algunos amigotes poderosos no dejan vía libre; será que existe un sector avaro que retiene progresiones fiscales sinceras; será que todavía en la Argentina existe una derecha subterránea que presiona desde el núcleo mismo de los acontecimientos.
No hay nada de enigmático. Hoy las caras están más visibles que hace un tiempo, cuando reinaba la confusión ideológico. Los caminos se abren y la díada izquierda-derecha está más transparente que nunca.
Podríamos definir el escenario político de esta manera:
-Una derecha carnívora que va por todo.
-Una izquierda diluída y mezclada en un vado discursivo que le es funcional a la derecha.
-Otra izquierda fragmentada, lejana y un poco retrógrada.
-Un sector que se resguarda dentro de la no ideología. Lo cual es más ideológico que todo lo demás.
¿Cómo hacemos para conciliar todas estas posiciones? Difícil. Quizá sea imposible. Pero hay algo que es cierto: hasta que la dirigencia política no se siente a proyectar un país en serio, a sacar lo mejor y lo peor, a pulir discursos y sentar bases programáticas, nada de todo lo bueno que se haga por un gobierno sectorial va a ser mantenido por el sucesor.
Es la costumbre: el gobierno que asume borra de un tirón todo lo hecho anteriormente.
De esta manera, caminamos de noche sobre piedras de fuego. Y el proyecto de Nación se aleja mientras caminamos.
viernes 20 de marzo de 2009
La decepción y la mentira
Pero no. No es así. Pibe, las cosas no son tan fáciles. Esta sociedad te va decepcionar. Varias veces.
Uh.
A ver. La marcha contra la inseguridad fue una movida política organizada por Francisco De Narváez ¿Por qué? Porque desgastar políticamente en un punto flaco significa un mayor caudal de votos. Piensen en el escenario, la seguridad, las banderitas uniformes y el despliegue litúrgico ¿Quién pagó eso? Alguien que quiere serruchar la madera política. Y para De Narváez, que se maneja como un marketinero de primera orden, la seguridad es su caballito de batalla.
A ver. La oposición, vacía en contenidos, se aferra al pedido del campo porque mide bien en las encuestas. Es decir, votos. Entonces el me opongo a todo es el lei motiv. ¿Todo se hace mal? ¿Limitar el poder del grupo Clarín está mal? ¿La nueva Ley de Radiodifusión está mal?
A ver. El gobierno no es santo. La decisión de adelantar las elecciones es una jugarreta politicona que pretende no rifar el capital electoral de los k. La crisis económica va a erosionar la plataforma de poder kirchnerista y eso se va a traducir en fuga de referentes en todo el país. El peronismo sin Perón es así. Cuando el poder quema, no se hacen cenizas, sino que se echan agua encima. Sálvese quien pueda.
A ver. Elcampo, todo junto, todo un tema. La verdad es que ya no se entiende mucho el conflicto. Las entidades se contradicen en lo fino del mensaje. Uno quiere retenciones segmentadas (Buzzi y su Federación Agraria) y otros quieren retenciones cero (Biolcati y su Sociedad Rural; Llambías y su CRA); mientras Carrió pide eliminar las retenciones y pedir plata al FMI. Bueno. La presidenta Cristina Fernández anunció que el 30% de las retenciones van a ser coparticipables. Otra jugarreta, aunque más inteligente. Les quitó un poquito de argumento a los que hablaban de que la plata no vuelve a los pueblos.
Así y todo, las cosas no se resuelven.
Si el gobierno no quiere dar el brazo a torcer, puede ser muy perjudicial.
Pero tampoco la pavada. Un sector no puede desconocer la autoridad del gobierno.
Porque imaginesé.
Y así seguimos.
Vio.
Las cosas son así.
Y más todavía.
Pero no quiero seguir.
Uh.
A ver. La marcha contra la inseguridad fue una movida política organizada por Francisco De Narváez ¿Por qué? Porque desgastar políticamente en un punto flaco significa un mayor caudal de votos. Piensen en el escenario, la seguridad, las banderitas uniformes y el despliegue litúrgico ¿Quién pagó eso? Alguien que quiere serruchar la madera política. Y para De Narváez, que se maneja como un marketinero de primera orden, la seguridad es su caballito de batalla.
A ver. La oposición, vacía en contenidos, se aferra al pedido del campo porque mide bien en las encuestas. Es decir, votos. Entonces el me opongo a todo es el lei motiv. ¿Todo se hace mal? ¿Limitar el poder del grupo Clarín está mal? ¿La nueva Ley de Radiodifusión está mal?
A ver. El gobierno no es santo. La decisión de adelantar las elecciones es una jugarreta politicona que pretende no rifar el capital electoral de los k. La crisis económica va a erosionar la plataforma de poder kirchnerista y eso se va a traducir en fuga de referentes en todo el país. El peronismo sin Perón es así. Cuando el poder quema, no se hacen cenizas, sino que se echan agua encima. Sálvese quien pueda.
A ver. Elcampo, todo junto, todo un tema. La verdad es que ya no se entiende mucho el conflicto. Las entidades se contradicen en lo fino del mensaje. Uno quiere retenciones segmentadas (Buzzi y su Federación Agraria) y otros quieren retenciones cero (Biolcati y su Sociedad Rural; Llambías y su CRA); mientras Carrió pide eliminar las retenciones y pedir plata al FMI. Bueno. La presidenta Cristina Fernández anunció que el 30% de las retenciones van a ser coparticipables. Otra jugarreta, aunque más inteligente. Les quitó un poquito de argumento a los que hablaban de que la plata no vuelve a los pueblos.
Así y todo, las cosas no se resuelven.
Si el gobierno no quiere dar el brazo a torcer, puede ser muy perjudicial.
Pero tampoco la pavada. Un sector no puede desconocer la autoridad del gobierno.
Porque imaginesé.
Y así seguimos.
Vio.
Las cosas son así.
Y más todavía.
Pero no quiero seguir.
jueves 5 de marzo de 2009
La gente podrida
Estamos bordeando un límite jodido, che. Está todo muy podrido.
Mucha gente podrida.
Mucha gente podrida, anacrónica. Un resabio lamentable que sigue empecinándose en dejar una pésima imagen a la próxima generación. Quieren la pena de muerte.
Es irritante el tema. Sin duda, es necesario debatirlo. Hoy tienen más voz los que la piden. Sean diez, cien o millones. Hoy se los escucha a ellos. No hay declaración humanista que logre morigerar la avalancha de pedidos de pena de muerte.
Y si sale Susana a pedirla.
Y si sale Sandro.
Y si sale Coppola.
Y si los medios siguen dándole espacio para que vomiten ganchos de derecha porque vende.
No quiero entrar en la discusión interminable sobre por qué matan los que matan. Porque los que matan, matan por millones de razones diferentes. Se mata en la mafia, se mata en defensa propia, se mata por guita, se mata por un auto, se mata porque no se tiene otra cosa que hacer, se mata por hambre, se mata por todas las razones imaginables.
¿Tiene que ser el Estado -es decir, todos nosotros- el que sume más gente al cementerio? Ya lo hizo, y muy bien no le fue.
Y, como dice Bazán: "¿Se van a asustar los demás muertos, o van a salir a vengarse?".
El problema es, señora de Barrio Norte, que usted quiere criminalizar la pobreza.
El problema es, sociedad entera, que los verdaderos asesinatos son en silencio. Son de guante blanquísimo. Son la indiferencia y la corrupción.
Y el argumento tonto que esbozan los correctos ciudadanos es que no puede ser que ellos tengan los mismos derechos que nosotros. No es así. El sistema no puede individualizar caso por caso. Lo única garantía -más allá de los errores que pueda cometer el poder judicial- es que todas las personas tienen el mismo derecho de ir a juicio -es decir, para saber si es o no es culpable- y la obligación de cumplir la condena. Tanto él como usted -nunca diga nunca, quizá algún día le toque- son iguales ante la Ley. Dependiendo de la gravedad del crimen, serán más o menos años en la cárcel.
Y no se olvide, hay muchas formas de delinquir. No sólo roban los pobres: facturar en negro es un delito, evadir impuestos es otro.
Tampoco se trata de ponerse en defensor de la delincuencia. Todo tipo de delincuencia es condenable. Pero, sepan, existe mucha manipulación.
Mucha.
En la Ciudad de Buenos Aires, sólo existen dos casos de menores que asesinaron. ¿Qué hubiera respondido si yo le preguntara cuántos casos de asesinatos en manos de pendejos hay en la Capital? Muchos, diría. Pero no. Hay sólo dos.
No hablemos del Gran Buenos Aires, porque seguramente hay más casos, no lo dudo (no tengo los datos necesarios, si alguno los tiene que los comparta).
Pero yo le pregunto: ¿qué es más grave, la defraudación del capital del Estado o que un pibe robe para comer?
El problema, es que usted ve al pibe que le roba para comer. Al otro no.
Piénselo.
La seguridad, mejor dicho la inseguridad, no tiene sólo una solución. Debe combatirse desde muchos espacios. El Estado no puede dejar que esto fluya. Hay que hacerse cargo. La solución no es mágica.
Pero tampoco caigamos en la trampa de creer que los delitos crecieron en forma exponencial porque asesinaron a dos amigos de la farándula.
Frenemos el carro.
Mucha gente podrida.
Mucha gente podrida, anacrónica. Un resabio lamentable que sigue empecinándose en dejar una pésima imagen a la próxima generación. Quieren la pena de muerte.
Es irritante el tema. Sin duda, es necesario debatirlo. Hoy tienen más voz los que la piden. Sean diez, cien o millones. Hoy se los escucha a ellos. No hay declaración humanista que logre morigerar la avalancha de pedidos de pena de muerte.
Y si sale Susana a pedirla.
Y si sale Sandro.
Y si sale Coppola.
Y si los medios siguen dándole espacio para que vomiten ganchos de derecha porque vende.
No quiero entrar en la discusión interminable sobre por qué matan los que matan. Porque los que matan, matan por millones de razones diferentes. Se mata en la mafia, se mata en defensa propia, se mata por guita, se mata por un auto, se mata porque no se tiene otra cosa que hacer, se mata por hambre, se mata por todas las razones imaginables.
¿Tiene que ser el Estado -es decir, todos nosotros- el que sume más gente al cementerio? Ya lo hizo, y muy bien no le fue.
Y, como dice Bazán: "¿Se van a asustar los demás muertos, o van a salir a vengarse?".
El problema es, señora de Barrio Norte, que usted quiere criminalizar la pobreza.
El problema es, sociedad entera, que los verdaderos asesinatos son en silencio. Son de guante blanquísimo. Son la indiferencia y la corrupción.
Y el argumento tonto que esbozan los correctos ciudadanos es que no puede ser que ellos tengan los mismos derechos que nosotros. No es así. El sistema no puede individualizar caso por caso. Lo única garantía -más allá de los errores que pueda cometer el poder judicial- es que todas las personas tienen el mismo derecho de ir a juicio -es decir, para saber si es o no es culpable- y la obligación de cumplir la condena. Tanto él como usted -nunca diga nunca, quizá algún día le toque- son iguales ante la Ley. Dependiendo de la gravedad del crimen, serán más o menos años en la cárcel.
Y no se olvide, hay muchas formas de delinquir. No sólo roban los pobres: facturar en negro es un delito, evadir impuestos es otro.
Tampoco se trata de ponerse en defensor de la delincuencia. Todo tipo de delincuencia es condenable. Pero, sepan, existe mucha manipulación.
Mucha.
En la Ciudad de Buenos Aires, sólo existen dos casos de menores que asesinaron. ¿Qué hubiera respondido si yo le preguntara cuántos casos de asesinatos en manos de pendejos hay en la Capital? Muchos, diría. Pero no. Hay sólo dos.
No hablemos del Gran Buenos Aires, porque seguramente hay más casos, no lo dudo (no tengo los datos necesarios, si alguno los tiene que los comparta).
Pero yo le pregunto: ¿qué es más grave, la defraudación del capital del Estado o que un pibe robe para comer?
El problema, es que usted ve al pibe que le roba para comer. Al otro no.
Piénselo.
La seguridad, mejor dicho la inseguridad, no tiene sólo una solución. Debe combatirse desde muchos espacios. El Estado no puede dejar que esto fluya. Hay que hacerse cargo. La solución no es mágica.
Pero tampoco caigamos en la trampa de creer que los delitos crecieron en forma exponencial porque asesinaron a dos amigos de la farándula.
Frenemos el carro.
El facho Martel
Me sorprendió -gratamente- la columna de Osvaldo Bazán publicada hoy en el diario Crítica.
Todo obvio. Todo como sin ganas. Todo cliché. El gay invita a los marginales a su casa. Es una fiesta y corre riesgos que sabe que va a correr y es como manejar borracho un auto a 200. Los marginales quieren plata para hoy, si hay que trincarse al puto se lo trincan. Es ahora. El futuro se cuenta en horas. No hay más y no importa más. Lo atan, lo matan, se matan. A todos esos que se lo pasan diciendo “es un genio, no le importa nada” les pregunto qué opinan de estos pibes a los que tampoco les importa nada. Cliché. El buen profesor, el buen padre, el de la 4 por 4 que no es abundancia porque no es del campo, es de trabajo, el que abre el portón, el buen argentino, el que gritaba los goles de Coppola. Y otros marginales a los que tampoco les importa nada y pim pam pum. Si ni siquiera supieron qué hacer con la camioneta. Imbéciles. Si matan a alguien para sacarle una camioneta por pocas horas es que mataron porque mataron, nomás. Mataron porque no les importa nada. Mataron porque después no hay nada. Mataron porque ya están muertos.Y más clichés. Susana Giménez, que se asustó con el comunismo cuando le metieron como a todos el corralito, y hay que matar a los que matan. Pongámolos en fila. Porque matar al que mata implica matar al que mata al que mata al que mata al que mata. La lista termina –o empieza– en Susana. Decir que hay que matar al que mata es mandarlo a matar. Sigamos con clichés. Mandemos a matar al que manda a matar. Mandemos a matar a Susana que mandó a matar a los que mataron a su florista, que ya estaban muertos. Alguien mandará a matarme. Y será muerto. Y vendrá la paz.Y después de Susana, Moria, y después de Moria, Sandro (¡Ay, Sandro! Me dolió).Y una caterva de señoras acomodaticias, escandalizadas, brutas, limpias de toda pureza (a ellas les matarán los hijos, sus hijos nunca serán asesinos, no sé, es una obviedad, pero están seguras de que así será); esa caterva de señoras, cuyo presupuesto mensual equivale a un cenicero arrojado por la Diva Mayor cuando se enoja, quieren ser como Susana y por eso juegan al totobingo y son obvias, y dicen: “Tiene razón”. Dice la caterva: “Esta señora que vive en Barrio Parque porque Miami le queda lejos para viajar todos los días, y que nunca escondió un auto bajo pajonales para no pagar impuestos que hubieran podido ayudar a que aquellos marginales no fueran tan tarados como para matar a un tipo para sacarle la camioneta por cuatro horas, ni se asoció jamás con un cura pedófilo o un mercenario para sacarle dos pesos a gente que tenía tres bajo la ilusión de un juego que no gana nadie”, dice, la caterva, esta señora es nuestra voz. Obvio de una obviedad cansadora. Cliché como el florista y el personal trainer que en los medios no son dos ciudadanos víctimas de lo más injusto del tercero de los mundos. Son el florista de Susana y el personal trainer de Guillote. Son porque están cerca de un famoso. Y la farándula, nunca interesada en ningún gran dolor nacional, porque su enorme ombligo le lleva tanto tiempo, pide que se pongan a matar, así no la distraen de su principal ocupación. Ombliguearse. La pena de muerte no soluciona nada. Es venganza. Los que matan ya están muertos, que eso es no tener una sola ilusión, una sola esperanza. Eso es matar a alguien para usar cuatro horas una 4x4. Estar muertos. ¿Se puede matar a un muerto? ¿Se van a asustar los demás muertos, o van a salir a vengarse?Farándula, el trabajo de ustedes es regalarle ilusiones y fantasía al pueblo. No matarlo. No sean obvios. No se conviertan en el Facho Martel.
Todo obvio. Todo como sin ganas. Todo cliché. El gay invita a los marginales a su casa. Es una fiesta y corre riesgos que sabe que va a correr y es como manejar borracho un auto a 200. Los marginales quieren plata para hoy, si hay que trincarse al puto se lo trincan. Es ahora. El futuro se cuenta en horas. No hay más y no importa más. Lo atan, lo matan, se matan. A todos esos que se lo pasan diciendo “es un genio, no le importa nada” les pregunto qué opinan de estos pibes a los que tampoco les importa nada. Cliché. El buen profesor, el buen padre, el de la 4 por 4 que no es abundancia porque no es del campo, es de trabajo, el que abre el portón, el buen argentino, el que gritaba los goles de Coppola. Y otros marginales a los que tampoco les importa nada y pim pam pum. Si ni siquiera supieron qué hacer con la camioneta. Imbéciles. Si matan a alguien para sacarle una camioneta por pocas horas es que mataron porque mataron, nomás. Mataron porque no les importa nada. Mataron porque después no hay nada. Mataron porque ya están muertos.Y más clichés. Susana Giménez, que se asustó con el comunismo cuando le metieron como a todos el corralito, y hay que matar a los que matan. Pongámolos en fila. Porque matar al que mata implica matar al que mata al que mata al que mata al que mata. La lista termina –o empieza– en Susana. Decir que hay que matar al que mata es mandarlo a matar. Sigamos con clichés. Mandemos a matar al que manda a matar. Mandemos a matar a Susana que mandó a matar a los que mataron a su florista, que ya estaban muertos. Alguien mandará a matarme. Y será muerto. Y vendrá la paz.Y después de Susana, Moria, y después de Moria, Sandro (¡Ay, Sandro! Me dolió).Y una caterva de señoras acomodaticias, escandalizadas, brutas, limpias de toda pureza (a ellas les matarán los hijos, sus hijos nunca serán asesinos, no sé, es una obviedad, pero están seguras de que así será); esa caterva de señoras, cuyo presupuesto mensual equivale a un cenicero arrojado por la Diva Mayor cuando se enoja, quieren ser como Susana y por eso juegan al totobingo y son obvias, y dicen: “Tiene razón”. Dice la caterva: “Esta señora que vive en Barrio Parque porque Miami le queda lejos para viajar todos los días, y que nunca escondió un auto bajo pajonales para no pagar impuestos que hubieran podido ayudar a que aquellos marginales no fueran tan tarados como para matar a un tipo para sacarle la camioneta por cuatro horas, ni se asoció jamás con un cura pedófilo o un mercenario para sacarle dos pesos a gente que tenía tres bajo la ilusión de un juego que no gana nadie”, dice, la caterva, esta señora es nuestra voz. Obvio de una obviedad cansadora. Cliché como el florista y el personal trainer que en los medios no son dos ciudadanos víctimas de lo más injusto del tercero de los mundos. Son el florista de Susana y el personal trainer de Guillote. Son porque están cerca de un famoso. Y la farándula, nunca interesada en ningún gran dolor nacional, porque su enorme ombligo le lleva tanto tiempo, pide que se pongan a matar, así no la distraen de su principal ocupación. Ombliguearse. La pena de muerte no soluciona nada. Es venganza. Los que matan ya están muertos, que eso es no tener una sola ilusión, una sola esperanza. Eso es matar a alguien para usar cuatro horas una 4x4. Estar muertos. ¿Se puede matar a un muerto? ¿Se van a asustar los demás muertos, o van a salir a vengarse?Farándula, el trabajo de ustedes es regalarle ilusiones y fantasía al pueblo. No matarlo. No sean obvios. No se conviertan en el Facho Martel.
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